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De la máquina de ranura iene de


De la máquina de ranura iene de

Había quince hojas en total, y once eran azules. Curioso -levanté la vista hacia Corso; me observaba con tranquilas ojeadas que iban de la carpeta a mí y de mí a la carpeta-. Dónde ha encontrado esto?
Cor.
Pero ciñámonos a la historia. Conocí a Lucas Corso cuando vino a verme con. El vino de Anjou bajo el brazo. Corso era un mercenario de la bibliofilia; un cazador de libros por cuenta ajena.
La otra mano la mantenía, del mismo modo que si empuñase una pistola oculta, en uno de los bolsillos: fosos enormes deformados por libros, catálogos, papeles y -también lo supe más tarde- una petaca llena de ginebra Bols.
Empujó la carpeta hasta mí, volviéndola de modo que yo pudiese leer su contenido. Todas las hojas estaban escritas en francés por una sola cara y había dos clases de papel: uno blanco, ya amarillento por el tiempo, y otro azul pálido con fina cuadrícula.
El libro era un viejo ejemplar de. El vizconde de Bragelonne, una edición barata encuadernada en tela. Inclinándose sobre el hombro del agente, el juez le echó un vistazo al texto marcado: -Me han vendido -murmuró-.
Al apartarse, el juez se ladeó para esquivar a un policía uniformado que, bajo el cadáver, buscaba huellas digitales. Había un jarrón roto en el suelo y un libro abierto por una página subrayada con lápiz rojo.
Qué le parece? preguntó al llegar a su lado. El hombre alto llevaba la placa de policía colgada en un bolsillo de su chaqueta de cuero. Tardó en responder el tiempo necesario para apurar la colilla que tenía entre los dedos, antes de arrojarla por.
Eso incluye los dedos sucios y el verbo fácil, buenos reflejos, paciencia y mucha suerte. También una memoria prodigiosa, capaz de recordar en qué rincón polvoriento de una tienda de viejo duerme ese ejemplar por el que pagan una fortuna.
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El tecleo punteaba la voz monótona del juez y los comentarios en voz baja de los policías moviéndose por la habitación: - En pijama, con un batín por encima. El cordón de esa prenda causó la muerte por ahorcamiento.
El cordón es fino y resistente. Una vez perdido pie, ni con las manos libres tenía la menor oportunidad. -Todo es posible. Con la autopsia sabremos más. El juez volvió a echarle otra ojeada al cadáver.




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