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De la máquina de ranura trucchi cinesi


De la máquina de ranura trucchi cinesi

Con el tiempo supe que también era capaz de sonreír como un lobo despiadado y flaco, y que podía componer uno u otro gesto según lo exigieran las circunstancias; pero eso fue mucho más tarde.Colgaba inmóvil de una lámpara en el centro del salón, y a medida que el fotógrafo se movía a su alrededor, accionando la cámara, la sombra provocada por el flash se recortaba sucesivamente sobre cuadros, vitrinas con porcelanas, estanterías con libros, cortinas abiertas sobre grandes.El juez instructor era joven. Tenía el pelo escaso, revuelto y aún mojado, como la gabardina que conservaba sobre los hombros mientras dictaba las diligencias al secretario que escribía sentado en el sofá, con la máquina portátil sobre una silla.Chacales de Gutenberg, pirañas de las ferias de anticuario, sanguijuelas de almoneda, son capaces de vender a su madre por una edición príncipe; pero reciben a los clientes en salones con sofá de cuero, vistas al Duomo o al lago Constanza, y nunca se manchan.Respondí que no era necesario y eso pareció tranquilizarlo. Se ajustó las gafas con un dedo antes de pedir mi opinión sobre lo que tenía en las manos. Sin responder en seguida, pasé las páginas del manuscrito hasta llegar a la primera.A cada color correspondía una escritura distinta, aunque la del papel azul -trazada con tinta negra- figuraba en las hojas blancas a modo de anotaciones posteriores a la redacción original, cuya caligrafía era más pequeña y picuda.Athos, juegos de casino de paris juliette Porthos, Aramis y D'Artagnan -contaba con el pulgar sobre los dedos de una mano y al concluir se detuvo, pensativo-. Tiene gracia. Siempre me he preguntado por qué se les llama los tres mosqueteros, si en realidad eran cuatro.Pero ciñámonos a la historia. Conocí a Lucas Corso cuando vino a verme con. El vino de Anjou bajo el brazo. Corso era un mercenario de la bibliofilia; un cazador de libros por cuenta ajena.Al apartarse, el juez se ladeó para esquivar a un policía uniformado que, bajo el cadáver, buscaba huellas digitales. Había un jarrón roto en el suelo y un libro abierto por una página subrayada con lápiz rojo.Había quince hojas en total, y once eran azules. Curioso -levanté la vista hacia Corso; me observaba con tranquilas ojeadas que iban de la carpeta a mí y de mí a la carpeta-. Dónde ha encontrado esto?-Cuando es blanca y viene embotellada, suele tratarse de leche -respondió por fin, críptico, mas no tanto como para que el juez no apuntara una sonrisa; a diferencia del policía, él sí miraba la calle, donde seguía lloviendo con fuerza.Todo se sabe! -Todo se sabe al fin -repuso Porthos, que nada sabía. Hizo que el secretario tomase nota de aquello, ordenó incluir el libro en el sumario, y fue a reunirse con un hombre alto que fumaba junto al alféizar de una ventana abierta.En aquel momento resultaba convincente, así que resolví arriesgar un santo y seña: Nació con el don de la risa -cité, señalando el retrato- y con la sensación de que el mundo estaba loco Lo vi mover despacio la cabeza, con gesto lento y afirmativo.El cadáver tiene las manos atadas en la parte anterior del cuerpo con una corbata. Su pie izquierdo conserva puesta una zapatilla y el otro se encuentra desnudo. El juez tocó el pie calzado del muerto y el cuerpo giró un poco, despacio, al extremo.


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