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La adicción a la ranura de la


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Se rascó una ceja, calculando sin duda hasta qué punto la información que iba a pedirme lo obligaba a corresponder con este tipo de detalles. El resultado fue una tercera mueca, esta vez de conejo inocente.Su clientela era selecta y reducida: una veintena de libreros de Milán, París, Londres, Barcelona o Lausana, de los que sólo venden por catálogo, invierten sobre seguro y nunca manejan más de medio centenar de títulos a la vez; aristócratas del incunable para quienes pergamino.El cordón es fino y resistente. Una vez perdido pie, ni con las manos libres tenía la menor oportunidad. -Todo es posible. Con la autopsia sabremos más. El juez volvió a echarle otra ojeada al cadáver.El encabezamiento estaba en mayúsculas, con trazos más gruesos: LE VIN D'ANOU. Leí en voz alta las primeras líneas: Aprés de nouvelles presque désespérées du rol, le bruit de sa convalescence commenéçait á se répandre dans le camp No pude evitar una sonrisa.Qué le parece? preguntó al llegar a su lado. El hombre alto llevaba la placa de policía colgada en un bolsillo de su chaqueta de cuero. Tardó en responder el tiempo necesario para apurar la colilla que tenía entre los dedos, antes de arrojarla por.El club Dumas Sobrecubierta None Tags: General Interest Arturo Perez-Reverte. El club Dumas A Cala, que me puso en el campo de batalla. El fogonazo de luz proyectó la silueta del ahorcado en la pared.-Y viceversa -matizó tranquilo el otro. -Qué opina de las manos y la corbata? -A veces temen arrepentirse a última hora De otro modo las tendría atadas a la espalda. -Eso no cambia las cosas -opuso el juez-.Alguien abrió una puerta al otro lado de la habitación, y la ráfaga de aire le trajo gotas de agua contra el rostro. -Cierren esa puerta -ordenó sin volverse. Después le habló al policía-: Hay homicidios que se disfrazan de suicidios.Para eso están los tipos como Corso. Se descolgó del hombro una bolsa de lona y la puso en el suelo, junto a sus zapatos Oxford sin lustrar, antes de quedarse mirando el retrato enmarcado de Rafael Sabatini que tengo sobre la mesa de despacho.Nada espectacular, me temo; sobre todo en estos tiempos donde los suicidios se disfrazan de homicidios, las novelas son escritas por el médico de Rogelio Ackroyd, y demasiada gente se empeña en publicar doscientas páginas sobre las apasionantes vivencias que experimenta mirándose al espejo.


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