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Libre para jugar a las máquinas tragaperras


Libre para jugar a las máquinas tragaperras

Eso incluye los dedos sucios y el verbo fácil, buenos reflejos, paciencia y mucha suerte. También una memoria prodigiosa, capaz de recordar en qué rincón polvoriento de una tienda de viejo duerme ese ejemplar por el que pagan una fortuna.El juez instructor era joven. Tenía el pelo escaso, revuelto y aún mojado, como la gabardina que conservaba sobre los hombros mientras dictaba las diligencias al secretario que escribía sentado en el sofá, con la máquina portátil sobre una silla.-Cuando es blanca y viene embotellada, suele tratarse de leche -respondió por fin, críptico, mas no tanto como para que el juez no apuntara una sonrisa; a diferencia del policía, él sí miraba la calle, donde seguía lloviendo con fuerza.La otra mano la mantenía, del mismo modo que si empuñase una pistola oculta, en uno de los bolsillos: fosos enormes deformados por libros, catálogos, papeles y -también lo supe más tarde- una petaca llena de ginebra Bols.A cada color correspondía una escritura distinta, aunque la del papel azul -trazada con tinta negra- figuraba en las hojas blancas a modo de anotaciones posteriores a la redacción original, cuya caligrafía era más pequeña y picuda.El cadáver tiene las manos atadas en la parte anterior del cuerpo con una corbata. Su pie izquierdo conserva puesta una zapatilla y el otro se encuentra desnudo. El juez tocó el pie calzado del muerto y el cuerpo giró un poco, despacio, al extremo.Había quince hojas en total, y once eran azules. Curioso -levanté la vista hacia Corso; me observaba con tranquilas ojeadas que iban de la carpeta a mí y de mí a la carpeta-. Dónde ha encontrado esto?El agente de las huellas digitales se levantaba con el libro en las manos. -Es curioso lo de esa página. El policía alto se encogió de hombros. -Yo leo poco -dijo-. Pero el tal Porthos era uno de esos personajes, no?Athos, Porthos, Aramis y D'Artagnan -contaba con el pulgar sobre los dedos de una mano y al concluir se detuvo, pensativo-. Tiene gracia. Siempre me he preguntado por qué se les llama los tres mosqueteros, si en realidad eran cuatro.Alguien abrió una puerta al otro lado de la habitación, y la ráfaga de aire le trajo gotas de agua contra el rostro. -Cierren esa puerta -ordenó sin volverse. Después le habló al policía-: Hay homicidios que se disfrazan de suicidios.El cordón es fino y resistente. Una vez perdido pie, ni con las manos libres tenía la menor oportunidad. -Todo es posible. Con la autopsia sabremos más. El juez volvió a echarle otra ojeada al cadáver.Colgaba inmóvil de una lámpara en el centro del salón, y a medida que el fotógrafo se movía a su alrededor, accionando la cámara, la sombra provocada por el flash se recortaba sucesivamente sobre cuadros, vitrinas con porcelanas, estanterías con libros, cortinas abiertas sobre grandes.Eso me gustó, pues las visitas suelen dedicarle poca atención; lo toman por un viejo pariente. Yo acechaba su reacción y observé que sonreía a medias al sentarse: una mueca juvenil, de conejo al cabo de la calle; de esas que captan de inmediato la.Todo se sabe! -Todo se sabe al fin -repuso Porthos, que nada sabía. Hizo que el secretario tomase nota de aquello, ordenó incluir el libro en el sumario, y fue a reunirse con un hombre alto que fumaba junto al alféizar de una ventana abierta.




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